Hay que asumir a veces en la vida
perderlo todo de una vez
así está escrito en aquellos libros
en esos libros de niñez
nadie podrá cambiar mi forma de pensar
y de sentir lo que siento
nadie ocupará ese lugar
que dejaste aquí
dejándome a mi...
(Dejaste aquí - Alameda)
Esto es pura-purificación.
Son las cinco a.m. del tercer día de este mes de octubre y, como es de costumbre, tengo insomnio. Pueden ser los litros de café que bebo diariamente, pueden ser los kilos de nostalgia que medito y reflexiono diariamente, como pueden ser también las constantes catarsis que llevo haciendo desde hace dos meses... diariamente. En un poco más de una hora, comenzarán a aparecer los primeros rayos de sol, las aves ya están melodiando su narrativa matutina, se oyen a lo lejos los primeros atisbos sonoros del transporte público, y yo por mi parte, nuevamente estoy divagando entre el inframundo curativo de las letras. Después de todo lo que han hecho las letras [y quienes las han escrito para yo leerlas], lo mínimo que puedo hacer por ellas es dispensar un poco de mi insomnio en ellas. Más que mal, me han acompañado en las buenas y en las malas. Sobre todo ahora, que estoy bajo una narcolepsia de estímulos nostálgicos y proyectivos.
Si hay algo que puede extraerme de este mundo temporal que es el olvido, son las caminatas nocturnas de madrugada con los amigos. Dar pasos arrítmicos y estrambóticos, oyendo acordes lentos y bajos, percibiendo ese agradable olor a tierra húmeda, mirando el parsimonioso viaje de las nubes que cubren la cara semicortada de la Luna. Oír las risas propias de un niño de 5 años, pero en los cuerpos de hombres de 20 y con la propia ingenuidad de aquel infante que mira su proyectar en el mundo y el resto de su vida; son momentos que valen la pena vivir. Son momentos de espontaneidad y misericordia existencial que valen la pena sentir.
[Por mi habitación avanza un lento halo de incienso de vainilla, lo que le da un toque de feria artesanal. Mis muebles parecen bibliotecas novatas, llenas de libros, artículos y dosieres. Es extraña la forma de vida del literato, del filósofo, del historiador y del hombre que se dedica a las humanidades en general. Esa rareza se hace pesar sobre todo hoy en día, en que libros tan vetustos y apolillados, se unen a un netbook y el wifi para expandirse por el mundo. Suelen haber artículos antiguos: licoreras, pipas, muebles, ropa... pero siempre con ese toque de actualidad, de contemporaneidad].
Escribo y leo, escribo y leo. Pero no lo hago por querer implantar mi presente en este submundo lingüístico. Mis fuentes de emanación inspirativa son el pasado y el futuro. Un pasado que, obviamente, no volverá. Un futuro que, obviamente, aún no es y muy posiblemente, no será. Hay que crear. Ya lo decía el bigotón de Nietzsche, hay que destruir para crear. Y eso hago, creo mundos, sensaciones, recuerdos y proyectos en todo fluir temporal. Es mi misión como escribidor.
A la par, oigo un tema que cala hondo, tanto por sus letras, como por su narrativa audiovisual y sus guitarreos Spinétticos. Si, "confieso que he vivido" y confieso que jamás he podido hacer un vídeo musical, proyecto que siempre he tenido en mente. Es más, en mi mente, a modo de fotografías, tengo casi listo el vídeo, falta la música, la cámara y el lugar [o sea, nada...]. Al menos, el momento inspirativo está muy presente y, tal vez, sea lo único que puedo observar en presente. Como dice ese tema "nadie ocupará ese lugar que dejaste aquí, que dejaste en mi".
[Momento cursi…
…Mi refugio son las palabras, el tep-tep del tipeo en el teclado y los libros con olor a naftalina. Mi refugio es la narrativa que encuentro en cada ráfaga de viento de esta nueva primavera. En cada brisa fría con restos de polen recién esparcidos por las abejas, huelo un recuerdo femenino con sabor a chocolate. En cada pisada que doy, dejo atrás una marca con sabor a añejo y amargo, una marca tan profunda como la herida que cicatriza en mí ser. En cada uno de los minutos que transcurren, me introduzco en lo más profundo de mi mundo literario-filosófico, porque allí, es el único lugar donde las malas intenciones y los bellos momentos no alcanzan a rozar mi piel.]
Este insomnio es mi herramienta para descubrir lo que quiero. Quiero lo que no tengo: ingenuidad, ternura, templanza, pro-yección. Quiero la magia del autoengaño y la ilusión. Pero aún no puedo encontrarme afuera con ella. No puedo salir de-mi. No puedo salir de mi juego racional, aquel juego que complejiza todas las palabras, usando guiones, cursivas y paréntesis para querer expresar mejor mi fluir de la conciencia. Y creo que lo logra, pero veo con miedo como logra mi lenguaje expresar mi conciencia. El miedo a descubrir que, efectivamente, mi cabeza es tan compleja como mis letras, al punto de terminar en la incomprensión y el desamparo.
Escribo con miedo. Con miedo al devenir. Con miedo a mi expresión escrita. Pero viviendo a concho el miedo. Viviendo a concho los sentimientos. De uno u otro modo habrá que salir. Por las buenas… o por las buenas
Me siento bien creando. Tengo ese don.

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